En su actuación del pasado viernes en el Teatro de la Luz Philips Gran Vía, Juan Tamariz no dejó de repetir una frase: “La magia es ilusión”. Sin ilusión no habría truco que doblegase el escepticismo, ni cientos de sonrisas infantiles contagiadas por la baraja de póker.
El problema de la ilusión es que no siempre la enfocamos con el objetivo adecuado. Hay quien, como Tamariz, utiliza el gran angular para disfrutar y hacernos un poco más felices; mientras algunos se adueñan de la palabra mágica para reírse de nuestra ingenuidad.
Estoy pensando en Iñaki Urdangarin, un ilusionista hecho a sí mismo. En su defensa durante el juicio oral del caso Nóos, el ex duque de Palma atribuyó la presencia de la infanta Cristina como “compinche” en la sociedad Aizoon a “un tema de ilusión” por su parte.
Pero la ilusión de Urdangarin y su esposa por su proyecto teóricamente “sin ánimo de lucro” no ha terminado precisamente con una ovación. Más bien, con 61,3 millones de euros en paradero desconocido que el juez reclama a los 17 imputados en la causa. La infanta se enfrenta a una pena de cuatro años de cárcel por supuesta cooperación en el fraude de su marido, que debe 337.143€ al fisco.
Es habitual que los magos pidan billetes de 50€ al público para poner a prueba su ilusión. Lo que no es tan habitual es que los “laven” o los hagan desaparecer. Está claro que hay ilusiones e ilusiones, y nunca sabemos en qué se traducen hasta que cae el telón. Veremos quiénes ríen los últimos esta vez, si ellos o nóos.
